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jueves, 1 de marzo de 2018

Primeros capítulos de 'A la caza de una exclusiva'

¡Hola, amores! Mil perdones porque tengo el blog súper abandonado. Sin embargo, quería pasarme hoy aprovechando que queda nada para que se lance A la caza de una exclusiva, la última comedia romántica de la Serie Cazadoras, y mostraros los primeros capítulos:



SINOPSIS
A la Caza de una exclusiva
4º libro de la Serie Cazadoras

¿Qué pasaría si, por ansiar tanto una exclusiva, te encontrarás con el amor de tu vida?
Andrea Rico es una periodista que trabaja en una revista del corazón y que está dispuesta a todo por conseguir las mejores noticias. Por ello, no dudará en hacer hasta lo imposible para lograr cubrir uno de los enlaces más taquilleros en el mundo de la farándula, aun cuando los novios deseen mantener todo en la más absoluta reserva.
Sin embargo, no estará sola para enfrentarse con Sam Davis, responsable de la organización de tamaño evento. No obstante, ambos se llevarán más de una sorpresa en el camino.
Amor, tensión, intriga y mucho más. Descubre el final de esta divertida serie.

GÉNERO
Comedia romántica.

FECHA DE PUBLICACIÓN
2 marzo 2018

PERSONAJES PRINCIPALES (así me los he imaginado yo): 

  • Andrea (hermana de Nicolás, de A la caza de un seductor)
  • Samuel Davis.





Prólogo

El silencio invadía el largo pasillo tintado de negro. La más pura oscuridad rodeaba a aquella figura que caminaba lentamente hacia la puerta de la que emanaba un débil rayo de luz. Tomándose su tiempo, se acercó y asió el pomo para entrar directamente, sin ni siquiera llamar.

—¿Le ha visto alguien?

Antes de responderle, dio media vuelta y cerró. Tras hacerlo, se desplazó hacia la mesa que ocupaba el centro de la estancia.

—No.

—Siéntese. —Asintió y cogió la silla, tomó asiento y aguardó—. ¿Quiere? —Le ofreció un cigarrillo. Negó con la cabeza y observó cómo se encendía el suyo y daba varias caladas; las manos le temblaban. Se notaba la indecisión en cada poro de su piel; una vez más, se preguntó si no se habría equivocado al confiársele—. Usted dirá. He de reconocer que he meditado profundamente sobre sus últimas palabras y mentiría si no admitiese que la idea ha rondado mi mente tortuosamente. ¿Ha hilvanado todo bien? Nos jugamos mucho con esto. —Dejó escapar el humo que fue desplazándose por toda la habitación.

—Esa no es la pregunta. Lo que realmente importa es: ¿piensa llegar hasta el final?

—Haré cuanto sea necesario para impedir ese enlace.

Sonrió.

—Bien.

—¿Cuánto me va a costar?

—Digamos que unos treinta mil para empezar.

—¿Cuándo será?

—El día de la boda.

—¿Sufrirá? —Tragó saliva mientras lo preguntaba. Apoyó las manos en el escritorio y se levantó. Fue hacia el mueble de su izquierda, cogió un vaso de cristal y se sirvió un generoso trago de coñac que apuró en un único sorbo.

—Solo lo necesario.
—No. Ni un rasguño. Sigo sin entender por qué ha de ser ella. Deberíamos ir a por Alex Sinclair, él es el culpable de todo.

—Usted quiere asestarle la estocada final, y eso solo será posible si lo dejan plantado en el altar. Sufrirá tal humillación pública que no podrá alzar la cabeza del escondite en el que se resguarde. Jamás sospecharán que ha sido secuestrada porque haremos que parezca que lo ha abandonado.

—¿Y cuando la suelte? Irá corriendo a sus brazos, ¿no?

—Bueno, tengo hilvanada esa parte también. Durante su cautiverio le demostraré cuan engañada está con él. Le juro que cuando contemple las pruebas que he preparado, cambiará de parecer con respecto a su querido prometido, será ella la que me pida enterrarlo bajo tierra.

Escuchó su carcajada y vio cómo friccionaba las manos a modo de anticipación.

—Estupendo, ese sí sería un buen redoble. —Regresó a la mesa, abrió un cajón y sacó un talonario que rápidamente cumplimentó. Firmó y se lo brindó.

Sonriendo, lo cogió y saboreó la cifra que resaltaba sobre el papel. Treinta mil dólares, los primeros de muchos más que pensaba sonsacarle. Sus ojos se llenaron de codicia y se despidió de su cómplice estrechando su mano.

Le aseguró que no debía preocuparse por nada y volvió a confirmarle que ella no padecería, y lo hizo majestuosamente, conteniendo la risa que pugnaba por salir. Por supuesto que pensaba hacerla sufrir, no ansiaba otra cosa desde hacía mucho tiempo. Soñaba día y noche con ello. Imaginaba su muerte y la ansiedad le embriagaba al pensar que tal anhelo se cumplía. Esa zorra tenía las horas contadas y lo más divertido de todo es que nadie sospecharía de su implicación. Cerró la puerta y por fin se liberó de la carcajada; sería otra persona la que pagase el pato, una a la que acababa de desplumar… 


1

Andrea entró en su despacho y se derrumbó en la silla. Observó el montón de documentos esparcidos por la mesa y enterró la cabeza en ellos, soltando un sonoro suspiro. Luego escuchó el móvil y gimió al leer el nombre en la pantalla, de quien la llamaba.

—Hola… —susurró temerosa de la reacción que le aguardaba—. ¿Me odias mucho?

Todavía lo estoy pensando, mala pécora.

No sabes lo mal que me siento, Bea. Pero me fue imposible coger un avión. Estamos hasta arriba con esta noticia, mi jefe se muere por la exclusiva y mi puesto pende de un hilo. El sábado me dieron un chivatazo, estuve todo el fin de semana fuera y lo cierto es que fue en balde. Sigo igual que estaba, sin nada sólido. Cuando vi vuestras fotos, te juro que hasta lloré de impotencia, no me puedo creer que me haya perdido tu boda —se disculpó, realmente contrita.

Lo sé. Y todo por culpa de esa alimaña. Alfred. Si pudiese agarrarlo de los pelos, le quito los pocos que le quedan —gruñó su amiga con su especial encanto—. Ahora, que me he desquitado.

—¿Qué… qué quieres decir?

Andrea comenzó a temblar. Cuando a su amiga se le metía algo en la cabeza, más valía salir huyendo, y si no, que se lo dijesen al que ya era su marido, Peter Carrasco, a quien decidió demostrarle su amor de la forma más peculiar: conquistando el ruinoso castillo en el que él se había guarecido para lamerse las heridas al creer que la había perdido. Ella, a lomos de un burro y empuñando una cacerola, había decidido sitiar el desgastado montón de piedras, propiedad de Peter, y su corazón. Sin embargo, eso no fue lo más extravagante de aquella historia, lo peor vino cuando decidió pedirle matrimonio al considerar que él se estaba tomando su tiempo. Había armado una buena deteniéndolo en el aeropuerto disfrazada de agente, lo esposó y le ofreció la libertad a cambio de que se uniese a ella para siempre.

Con estos antecedentes, Andrea solo podía temerse lo peor, porque si Bea disfrutaba con algo, era, como bien afirmaba ella misma: «metiendo el moco en la vida de los demás». La periodista se creía a salvo de ello porque básicamente vivía demasiado lejos y solo cuando regresaba a España se reencontraba con sus mosqueteras, como las definía Bea por el WhatsApp.

El grupo estaba formado por Sara, su cuñada, que también tuvo una turbulenta historia con su hermano Nicolás, con el que se había disputado el puesto de socio administrativo del bufete en el que trabajaba. Y Ruth, hermana de Sara, que acabó enamorada del enemigo. El dueño de la agencia de publicidad de la competencia que había sido capaz de hacerse pasar por homosexual para espiarla. Por supuesto, los tentáculos de la querida y entrometida Bea estuvieron presentes en todos esos romances.

Andrea se hallaba fuera de su alcance, o eso creía.

Bueno… Digamos que lo seguí por Facebook con un perfil falso.

—¿Y…?

Me lo ligué.

—¿¡Qué!?

Tranquila, que todo atendía a un plan bien elaborado.

—Eso es lo que más me preocupa.

Nena, no subestimes el poder de las rubias. Lo hechicé de tal forma que conseguí lo que me proponía: me invitó a pasar unos días con él.

—¿Te dijo dónde estaba? No me lo puedo creer. Nadie ha conseguido saber de él en las últimas semanas, ni siquiera Richard, nuestro editor jefe.

Tuvimos una larga conversación. Es un poco guarrillo, por cierto. Le va olisquear los calcetines, ¿te imaginas? Yo me metí en el papel, ya sabes que lo doy todo cuando estoy de incógnito. Me puse en plan loba también, del palo de «pues no veas los que tengo yo… Cada vez que salgo a correr, me guardo uno bien mojadete y con pestuza….». El tío casi rompe la pantalla del subidón que le dio porque seguidamente me envió por el chat los billetes para el viaje.

—Estoy alucinando. Bea, ¿cuándo coño pasó eso? ¡¡Si te casaste este sábado!!

Ah. Hará un mes o un poco menos.

—¡¡¡Quéee!!!

Sospeché que me necesitabas. Antes de irte de España, me contaste que tu ayudante Cameron te había llamado para decirte que esa lagartija te iba a quitar la exclusiva, te despediste y volaste para Nueva York. Entonces yo supe que tenía que ayudarte. Al principio, se hacía el durillo, pero poco a poco me lo fui camelando, lo conquisté cuando le hablé de mi maletín de torturas sexuales. Se ofreció como víctima. Eso a Peter no le hizo tanta gracia, aunque pensó que estuve maravillosa en esa conversación, es que le pedí asesoría, como también es un poco raro… Ojo, que a mí me encanta, pero los trucos de Rafa no surtían efecto y tuve que recurrir a mi espléndido maridito.

—¿Rafa? ¿A cuántos más has involucrado? —Andrea pensó en el alocado compinche de Bea y sintió hasta lástima por el rastrero de Alfred, su compañero de redacción y el más taimado del periódico Hunting, en el que Andrea entró como becaria y tuvo que hacerse un hueco hacía ya casi cinco años.

Solo los tres. Bueno, Ruth me retocó la foto; quería hacerme pasar por un pivonazo pelirrojo. Al final, como no encontrábamos ninguna que se ajustase a mis exigencias, me planté una peluca y le envié mi imagen, que ella modificó. Sabía que Alfred no se podría resistir a mí. Si quieres hacer algo bien, debes hacerlo tú. Hasta exponer tu seductor cuerpo con el fin de ayudar a una querida amiga.

Andrea soltó una carcajada. La diseñadora seguía tan modesta como siempre.

—¿Y Sara se quedó al margen?

Tu cuñada movió sus hilos y confirmó que el tío se alojaba en el hotel que me dijo. Lo que no le pareció tan bien fue la visita, sobre todo, porque cambiaba mis planes, aunque te confieso que tampoco me supuso mucho, me atrae más esta aventura. Las pirámides de Egipto seguirán allí esperándonos.

—Espera, ¿qué visita? ¿Ya no vais a Egipto de viaje de novios?

Hombre, Andrea, no creías que te traería la información sin verificar, ¿no?

—¿¡Quedaste con él!? Pero ¿cómo? No entiendo nada.

No, no.

—¡Qué susto!

Iremos esta tarde. Tú y yo preguntaremos a los empleados y Peter comprobará si Alfred está alojado allí, así nos cercioraremos de que los datos son correctos. Ay, es que no te lo había dicho… ¡Prepárate! Si la montaña no va a Mahoma, Mahoma cruza el mundo para subir en ella y verla.

—Quieres decir que… —su voz salió tan débil que dudó de que Bea la hubiese escuchado.

La hoja de madera que la protegía del exterior se abrió de golpe. Andrea, con sumo estupor, contempló a una arrebolada rubia que entraba a su despacho con vehemencia, ataviada con un vestidito rojo y un sombrerito marrón. Su mano derecha sostenía fuertemente un teléfono. Tras ella, un hombre muy sonriente, cargado de maletas, la saludó con la cabeza. A Andrea se le cayó el móvil y la mandíbula se le desencajó. 

— ¡¡Estamos en Nueva York!! Sooorpreeesaaa —vociferó la otra lanzando el sombrero al aire y corriendo hacia sus inertes brazos.

Andrea arrulló a su amiga y lloriqueó mientras musitaba:

—Joder…

2


Alex Sinclair se acomodó en el sofá en el que aguardaba a Regina Banks, su prometida. Admiró la amplitud del elegante salón y volvió a sentir ese desasosiego que lo perseguía siempre que pensaba en la familia de su futura esposa.

Los Banks eran dueños de medio país, tenían tantas empresas que al joven actor le costaba recordarlas. Él no estaba exento de dinero, pues era de los afortunados, había podido hacer de su pasión, su profesión y hasta ese día no le había ido nada mal en el mundo de la actuación. Claro que soñaba con hacer películas de mayor envergadura, pero por lo visto era ideal para la comedia romántica, como bien mostraba su cuenta bancaria y los numerosos contratos que le llovían.

Durante años disfrutó de esa vida, incluso aquel niño humilde de antaño olvidó sus orígenes y aprendió a absorber cada una de las experiencias que estaba viviendo, disfrutaba de los beneficios que le deparaba el éxito. Mujeres, abundancia y fama. Acaparaba las exclusivas de todas las revistas y le encantaba. O al menos, así era hasta que un día se topó con Regi y su mundo se puso patas arriba.

Aquel día un multimillonario excéntrico lo había contratado para representar junto a su mujer la escena final de Un beso prometedor, una de sus películas más taquilleras. Alex se negó en redondo, pero Rita, su representante, había aceptado por él y, con la maldita excusa de darle publicidad, lo había sometido a tal bochorno.

Ni qué decir que a la señora casi le da un espasmo cuando vio el regalo de aniversario. Por un momento, había parecido que iba a rechazar la actuación, pero cuando el joven actor ya se relamía de agradecimiento, la vio correr hacia el escenario y empuñar el micrófono. Había recitado toda la parrafada de memoria y ni lo había dejado decir sus últimas palabras, pues lo tumbó con un pegajoso beso del que solo se pudo librar cuando su esposo la separó y la alejó de él.

—Alex —lo había llamado Rita—. Escucha. Sé que no va a gustarte, pero…

—¿Qué has hecho ahora? —había preguntado molesto. Ella intentó sonreír despreocupadamente, pero había fallado. Alex se temió lo peor.

—Solo será una hora más. Un par de bailes y…

—¿¡Qué!?

—El señor Folcret ha ofrecido un extra muy suculento si bailas con tus fans durante un rato. 

—Rita. ¿Soy, acaso, un mono de feria? ¡Deja de exhibirme! ¡¡Estoy harto!! Harto de tus estúpidos contratos, de que no me consultes y de ti.

—Cuida tus palabras. Sin mí no habrías llegado donde estás. Eras un don nadie que no salía más que en anuncios de mala muerte cuando yo te descubrí.

—¿Que me descubriste? Conseguí el papel de Rafael sin tu ayuda. ¡No te debo nada! Tú eres la que más se ha beneficiado explotando mi nombre.

—Está bien, tranquilicémonos antes de que ambos digamos algo de lo que nos arrepintamos después. Mira, ya he acordado esto. Cumple y te juro que a la próxima lo hablaremos antes.

Alex tenía la firme intención de negarse, pero varias octogenarias lo habían atacado en ese mismo instante y lo arrastraron a la pista. Una hora después, sudoroso, sobado y con los mofletes llenos de carmín rojo, había conseguido escapar de la atenta mirada de esas obsesivas fans.

Corrió como un poseso, con la cabeza vuelta para ver si las había despistado, cuando chocó contra alguien, cayó al suelo junto a su pobre víctima y justo cuando se incorporaba para disculparse, ella le había sonreído y él, había olvidado hasta su nombre. Regina Banks, la hija del mejor amigo del anfitrión y la próxima dueña de su corazón.

—Cariño, ¿estás aquí? —Una voz femenina lo trajo a la realidad—. Pareces ido.

Alex movió la cabeza y despejó los recuerdos. Con una sonrisa lobuna, se levantó de un salto y fue hacia ella para besarla.

—Estaba pensando en cómo nos conocimos.

Ella sonrió.

—Umm, me arrollaste, me lanzaste al suelo y, luego, me obligaste a huir contigo y refugiarnos tras la barra. Aquella noche descubrí que el Sinclair de las revistas nada tenía que ver contigo.

—Y yo supe que haría todo lo posible por volverte a ver.

—¡Me perseguiste día y noche! Ni siquiera sé cómo diste conmigo.

—Bueno, tengo mis contactos.

—Lo único que lamento de todo aquello es lo rápido que saltó a la prensa. Me habría gustado un poco más de intimidad.

El gruñó. La cogió de las manos.

—Sigo creyendo que la responsable fue Rita. Esa mujer es una tigresa en su profesión. 

—Por eso es la mejor, Alex. En el fondo, la adoras.

—Ja. No negaré que es buena, pero a veces da bastante miedo. Cuando se propone algo… Es capaz de lo que sea.

—¿Ya has hablado con ella?

—Sí.

—¿Y?

—Lo entendió. Lamentó la decisión y me advirtió que, si aparco mi carrera ahora que está en lo más alto, quizá después me cueste volver.

—Alex, puede que tenga razón. Igual no deberías dejarlo.

—Regina, ya lo hemos hablado. Tu familia…

—Se acostumbrarán.

—No. A tu madre no le orgullece que su futuro yerno sea actor, y menos uno que ha dado tantos escándalos en los últimos años; sé que teme que arruine el apellido.

—Madrastra. Y te casas conmigo, Alex, no con ellos. Te quiero tal y como eres. Actuar te hace feliz y no veo bien que aceptes el puesto que mi padre te ofrece en su empresa solo para contentarlos.

—Será temporal, cariño. Además, sabía dónde me metía cuando pedí tu mano.

—Pero…

Alex la besó e intentó que olvidara el tema. Jamás le confesaría que ese había sido el requisito para obtener su mano. Los Banks eran demasiado respetables como para aceptar a alguien como él, y solo cuando accedió a convertirse en la sombra de Frank Banks, le permitieron seguir con el romance.
Unos tacones sonaron por el pasillo y Viola Banks, su cuñada, hizo su entrada. Lo miró de arriba abajo con sus intensos ojos marrones y le sonrió maliciosamente. Alex podía leer el deseo que inflamaba su mirada y la envidia que le tenía a su hermana. Desde que habían anunciado el compromiso, estaba más insistente, sus ataques eran evidentes y a Alex le preocupaba muchísimo su actitud. ¿Sería capaz de evitar la boda? Varias veces se le había insinuado y él, del modo más amable posible, rechazó las invitaciones, pero ella seguía insistiendo y, a media que se acercaba la fecha del enlace, se hacía más vehemente. Ni siquiera se atrevía a hablar del tema con su prometida.
Viola era una mujer que siempre se salía con la suya, anhelaba algo y lo conseguía a como diese lugar. En ese momento, lo deseaba a él. Y eso lo aterrorizaba.

—Regi, Sam está al teléfono. Parece urgente. —Le pasó su móvil. 

—¿¡Has cogido mi teléfono!? Sabes que odio que lo hagas, maldita sea —manifestó Regina muy enfadada.

La otra se encogió de hombros y sonrió.

—Estaba en la cocina, sonó y, al ver que era Sam, respondí. ¿Qué pasa? Organiza tu boda y yo te estoy ayudando, no es para tanto. A la próxima, lo ignoraré y, si es importante, pues mira, te quedas sin saberlo. —Se dio media vuelta, ofendida, e hizo el intento de marcharse.

Regina suspiró.

—Espera, Viola. Lo siento. —Rio entre dientes—. Estoy muy nerviosa últimamente. Solo quedan dos semanas y hay mucho que hacer todavía. Temo que todo se estropee de un momento a otro.

La otra asintió.

—Tranquila, lo entiendo. Bueno, salgo a hacer unas compras. Si papá pregunta, dile que vuelvo a la hora de comer. —Antes de marcharse, observó a Alex y le guiñó un ojo—. Adiós, cuñadito.

Regina esperó a que desapareciese y se acercó a Alex, preocupada.

—Seguro que no es nada, cariño —la calmó él, adivinando sus angustias—. Anda, contéstale.
Regina respiró y se puso el móvil en el oído.

—¿Sam?

¡Regina, por fin! Tenemos que hablar inmediatamente.

—¿Qué ha pasado?

¿Estás con Alex?

—Sí, sí. Está aquí. Dime, te escuchamos. —Puso el manos libres.

Han filtrado la noticia de la boda. Es un artículo breve que confirma la fecha y el lugar, pero no entra en detalles.

—¡¡Mierda!! —exclamó Alex.

—¿Y ahora qué hacemos?

Pasaremos al plan B. Tenemos tiempo, así que no os preocupéis. Será una boda maravillosa, tal y como os prometí.

—Confiamos en ti, aunque te juro que estoy de los nervios. Igual deberíamos dejar las cosas como están y hacerlo allí.

No, Regina. Cuando entraste en mi oficina, me pusiste un requisito para firmar el contrato con nuestra agencia, que no hubiesen periodistas, y yo te aseguré que lo conseguiría. Te prometo que no van a estropearlo. Además, sabíamos que podía pasar, por eso escogimos otro lugar.

—Menos mal que los dos me encantan, si no, habría sido un desastre.

—Sam, ¿cómo pueden haberlo descubierto?

No lo sé, Alex. Alguien habrá vendido la exclusiva, pero os juro que descubriré quién es y, de paso, averiguaré quién ha sido el maldito redactor que ha publicado la noticia. Tendré a ese A. R. bien vigilado para que no vuelva a jodernos. Mientras, intentad mantener en silencio la nueva localización, al menos, en los próximos días. Reforzaré la seguridad y os prometo que me dejaré la piel para evitar que esos buitres consigan algo más.

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