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domingo, 17 de septiembre de 2017

Primeros capítulos de 'A la caza de un sueño imposible'

¡Hola amores! El viernes es el gran día, conoceremos por fin a Bea, la más alocada de las Cazadoras y mientras llega, ¿qué os parece si leemos un poquito de su historia? Os dejo con los primeros capítulos de la novela. Espero que os guste.


Prólogo

El aula rebosaba de bullicio. El griterío de los niños era incesante y la pobre maestra se sentía incapaz de controlarlos, empuñó la regla y la hizo sonar fuertemente contra su mesa al tiempo que les exigía un silencio que ellos no estaban dispuestos a entregar.
Desesperada, se dejó caer en su mullida silla y ocultó el rostro entre las manos. Del fondo de la clase escuchó a la pequeña Sara riñendo a sus compañeros. Sonrió, ese angelito era una bendición entre tanto crío salvaje. Se recordó que tenía que ser paciente, que sus risas y gritos se debían a la excitación del regreso, sucedía siempre, cada septiembre. Esos pequeños demonios se afanaban por contarse las mil y unas batallas experimentadas durante los tres meses de vacaciones, imponiéndose los unos a los otros y componiendo una estridente algazara que prometía acabar con ella o acentuar, a lo sumo, su ya palpitante y dolorosa cabeza.
De pronto, dos golpes sonaron en la puerta. Se acercó y abrió para dar paso a un hombre uniformado.
—¿Es usted la señorita Rodríguez?
La aludida asintió varias veces, algo cohibida ante el imponente visitante. Tras él, una pequeña regordeta asomó el rostro. Alicia le sonrió, y la otra volvió a esconderse detrás de las piernas del que supuso que era su padre.
—¿El señor Martínez, verdad? Estábamos esperándolos. —La maestra se agachó y buscó a la niña con enormes lentes—. Hola. Mi nombre es Alicia y desde hoy seré tu profe.
La pequeña siguió oculta, y su padre la arrastró hacia delante, dándole un pequeño empujoncito. Ella apretó con fuerza el conejito de peluche que portaba y emitió una sonrisa desdentada.
—Hola. —Le ofreció la mano formalmente. Alicia aguantó la risa y se la estrechó con la misma solemnidad—. Mi nombre es Beatriz, pero prefiero que me llamen Bea.
—Muy bien, Bea, así se hará. —Se giró hacia el resto de alumnos y, para su asombro, se percató de que estaban callados, mirando con ojos abiertos al imponente militar. Aprovechó su mutismo para presentar a la pequeña—. Esta es Bea, será vuestra nueva compañera durante este curso. —Todos siguieron en silencio—. ¿Y bien? ¿No vais a saludarla? —Soltaron un «hola» colectivo, y Alicia asintió satisfecha. Frunció el entrecejo al ver que alzaban sus manitas—. ¿Alguna pregunta?
Vaya si hubo, pero no para ella, sino para el señor Martínez, que pacientemente les explicó cuanto querían saber de su profesión. Beatriz, acostumbrada al revuelo que causaba su padre en cada colegio que pisaba, se encaminó hacia el fondo y se sentó en la mesita que quedaba libre. A su derecha, una niña rubia, delgada y alta la examinaba con lupa. Ella levantó la barbilla, orgullosa, y no se dejó amilanar por el intenso escrutinio. La otra sonrió y asintió como si la hubiese puesto a prueba y hubiese salido airosa.
Bea vio como su padre se marchaba a los pocos minutos y se evadió del mundo pensando cuánto tiempo estarían allí esta vez; estaba acostumbrada a las mudanzas, pero odiaba no tener amigos, solo podía contar con Brusqui, su fiel conejito. Lo apretó y lo besó. Un niño que estaba delante de ella arrugó la nariz y la llamó mocosa. La rubia de su lado le tiró un lápiz y le dijo que la dejase en paz. Bea fue a agradecérselo, pero comprobó que no le prestaba atención y que seguía inmersa en lo que explicaba la maestra.
Pasaron las horas y por fin llegó el descanso. Bea se levantó y observó que todos formaban pequeños círculos. Volvió a sentirse sola y se aproximó a la casita de muñecas que estaba cerca de ella, cogió varios muñecos y simuló que se besaban. Tras ella escuchó un carraspeo. Se giró y vio a la niña mandona.
—¿Cuántos años tienes? —le preguntó altiva.
—Seis —respondió ella, recolocándose las gafas y mirándola atentamente.
—Yo, seis y medio, de modo que soy la mayor. Me toca a mí elegir. Jugaremos a mamás y papás; tú serás el padre y yo, la madre.
—Yo…
—¿Alguna pregunta? —La sabioncilla imitó a su maestra hasta en el tono.
—Sí. —La otra alzó una ceja. Bea tragó saliva—. ¿Cómo te llamas?
—Mi nombre es Sara. Sara Lago Maldonado.
—Yo soy Bea. Bea Martínez Saez.
—Lo sé, la seño te presentó, ¿recuerdas?
Bea le acercó la manita como su padre le enseñó, y Sara la miró sin saber bien qué hacer. Finalmente, se acercó y la abrazó mientras le susurraba:
—A partir de hoy, seremos amigas.

Un año después, a finales de marzo, la clase hizo una excursión al Parque Natural de la Albufera para conocer de primera mano los animales que habitaban en su entorno.
Bea estaba tan emocionada que llevaba toda la noche sin dormir, Sara le había prometido que conocería una cirueña. Su amiga le explicó pacientemente que esas aves transportaban bebés, tan solo había que escribirles una carta, como a los Reyes Magos o a Papá Noel, entregársela y los pájaros se encargaban de fabricar el bebé. Ella ya tenía su carta, la había escrito dos días atrás. Quería una chica para que jugase con Ruth, el bebé que les trajeron a los padres de Sara.
La maestra, acompañada de los padres y madres que se ofrecieron voluntarios para cuidar de los pequeños en la escapada, los condujo por un itinerario botánico. Sara, de la mano de su progenitor, iba atendiéndolo embelesada, pues les estaba contando varias historias sobre el lugar. Sin embargo, Bea, que se aferraba a la otra mano de su amiga, prefería abstraerse mientras decidía cómo vestiría a la nueva muñeca que le traería su papá de su último viaje. Su madre, como siempre, estaba en casa cosiendo vestidos. Ella a veces la ayudaba y recibía elogios por su aportación. Le decía que tenía talento, que la llevaría lejos. A Bea le daba un poco de miedo eso, no quería que nadie la apartase de su familia; prefería no irse al lugar ese del que hablaba su madre, ella se conformaba con sentarse sobre sus rodillas y ayudarla en su fantástico trabajo.
—Niños —los llamó Alicia—. ¿Queréis ver los patitos? —Todos estallaron en exclamaciones jubilosas y pronunciaron un sonoro «sí». La maestra rio al observar su alegría y pensó en esa hora pasada en la preciosa ruta verde donde los pobrecitos se aburrieron como una ostra. Y ahora, con la sola mención de las aves acuáticas saltaban de emoción. ¿Quién los entendería?—. Bien, pues subamos a la torre.
Todos siguieron a la joven y mostraron su alborozo al ver a los animales en su hábitat natural. Algunos, los más osados como el pesado de Raúl, les tiraron migas de pan. Sara, muy enfadada, les riñó y los acusó de matar a los patos con sus acciones. Su padre, Antonio, la tranquilizó mientras le explicaba que no pasaba nada porque comiesen ese pan.
—Pero, papá, tú dijiste que eso no era bueno, que no debíamos hacerlo.
—Lo sé, cariño. —Los otros niños se acercaron y prestaron atención. Y no debéis hacerlo. No es que sea mala la ingesta, sin embargo, muchas veces no se lo comen cuando lo lanzamos. Mira, Sara, ¿te acuerdas que ayer no te apetecía merendar porque estabas llena? —La niña asintió. Pues lo mismo le pasa a los patitos, y si no se lo comen en el momento, se pueden formar algas y disminuir su oxígeno, además de llenarse de microorganismos…
—¿El qué?preguntó uno de los pequeños, bizqueando.
—Bichitos. El pan se llena de bichos que son malos para los patitos, pues pueden infectarse y enfermar.
—Entonces, papáinsistió Sara—, no debemos echarles pan. —Él asintió. ¡Raúl! —El otro dio un brinco justo cuando iba a lanzar otro pedazo de almuerzo—. ¿Eres tonto? ¡No puedes darles eso! ¡¡Podrían ponerse malitos!!
—Y a mí, qué. ¡Que se mueran, solo son patos!
—¡¡Raúl!! lo amonestó la maestra. ¡Espéranos abajo y no te muevas!
—¿Estoy castigado?inquirió chillando.
—De momento, sí. Ya veremos si sigues el recorrido o te quedas con Amparo en el autobús. —Raúl agrandó los ojos con espanto al imaginarse el resto de la mañana acompañado de la directora de la escuela, que había decidido regresarse al transporte escolar al torcerse el tobillo durante la anterior ruta—. ¡No! Me portaré bien, seño.
—Eso espero. Ve abajo enseguida, vamos.
Refunfuñando, el crío pasó cerca de Sara y la empujó mientras la insultaba en un susurro. Sara alzó el mentón y le giró la cara. Bea, a su lado, le sacó la lengua y le tiró un trozo de bocata que le dio de pleno en la nuca. Cuando el chiquillo se dio la vuelta, ella rio, y él le dijo que se preparase, pues pensaba vengarse de ella. Bea volvió a reírse y le hizo burla. Sara, viéndola de soslayo, sonrió, entrelazó su brazo al de ella y la alejó del fastidioso niño.
—¡Bea! Mira, allí. Al fondo.
—¡Oh! Es… ¿Es una cirueña? —Se quitó la mochila, buscó la carta y la asió con fuerza—. ¡Tengo que verla! Voy a pedirle una hermanita.
—No sé si es buena idea…
—¿Por qué? —Se extrañó Bea; Sara solía hablar entusiasmada de la pequeña Ruth.
Su amiga se encogió de hombros.
—A veces parece que mis papis quieren más al bebé. Y mamá dice que tengo que compartir mis cosas con ella y cuidarla, como lo hago con mis muñecas. Es una gran esponsabidad. Pero no sé si quiero que juegue con Caty, Bea. Un día se la dejé y la baboseó toda, ni siquiera supo peinarla. Cogió el cepillo y se lo metió en la boca. Y mamá se enfadó conmigo. A veces querría que el bebé se fuese.
Bea gimió.
—He pensado que si me traen una hermanita, el bebé Ruth tendría a otra persona con la que jugar, como lo hacemos tú y yo. ¿Qué te parece?
—Umm. —Sara se sujetó la barbilla, pensativa. Creo que es buena idea. ¡Sí! Podría funcionar.
—No quiero que los demás se enteren, porque si las cirueñas tienen mucho trabajo, igual no se acuerdan de mi carta, que es lo que les pasó a los Reyes. Mamá me dijo que tenían tantas casas a las que ir que se olvidaron algunos de los juguetes que les pedí.
—Tienes razón. —Espió tras ella y la agarró del brazo—. La seño no está mirando, vete ahora.
—¿Y tu papi?
—Le diré que estás bajo. ¡¡Corre!!la apremió dándole un empujoncito.
Bea bajó las escaleras cuasi galopando y se dio de bruces con Raúl.
—¿Dónde vas, gafotas?le espetó, apartándola de sí de un manotazo.
Bea tuvo que esforzarse por no perder el equilibrio.
—¡No te importa, palillo!
Raúl gruñó. Resentido con ella, la empujó, y Bea cayó sobre el último escalón, la carta se le resbaló de las manos y fue a parar a los pies del crío, que la cogió y la leyó rápidamente mientras Bea daba saltitos entorno a él e intentaba recuperarla.
—¡Dámela! Es mía.
—Ya no, mocosa. ¿Y sabes qué? Nunca podrás entregarla.
—¿¡Qué vas a hacer!?
Raúl echó a correr y Bea lo siguió como pudo. Tras varios metros, el niño se paró cerca del agua y la levantó en el aire.
—¡Raúl! Dame la carta.
—No.
Rio perversamente y la arrojó.
Bea vio angustiada como el papel se sumergía y pensó en su mami. Recordó aquel día en el que la vio llorar mientras le decía a su papi que el bebé no llegaba, que qué pasaba. Bea lo sabía. ¡No habían enviado la carta! Y ahora, la suya, estaba perdida. Y todo por culpa del bobo de Raúl, que lo había estropeado todo. Las lágrimas brotaron de sus ojos empañándole las lentes y dificultándole la visión.
Como una sonámbula, caminó hasta el borde, se agachó y estiró el bracito esforzándose por alcanzar el escrito. Los deditos consiguieron rozar el papel, así que se inclinó un poco más, y justo cuando estaba a punto de alcanzarlo, perdió el equilibrio y cayó al agua.
Asustada y sin saber qué hacer, pidió auxilio entre angustiados chillidos. Movió los brazos con desesperación, pero vio que se hundía sin remedio. Recordó las indicaciones de su padre e intentó poner en práctica las clases de natación recibidas el pasado verano, pero estaba tan nerviosa que solo consiguió tragar agua.
A lo lejos escuchaba su nombre. Sintió que le fallaban las fuerzas y se dejó llevar, sus ojitos comenzaron a cerrarse en el mismo instante en el que unos poderosos brazos la sostuvieron. La sacaron del agua, la tocaron y zarandearon hasta que pudo tomar aire y respirar. Tosió varias veces. Luego, pestañeó y enfocó la mirada sobre esos dos ojos oscuros que la contemplaban con intensidad.
—¿Estás bien, piccolina? —le preguntó.
Bea asintió, incapaz de hablar.
—¡¡Bea!! ¡¡Bea!! Ay, pequeña, qué susto nos has dado. —La señorita la arrancó de ese protector pecho y la abrazó, llorando. El padre de Sara le acarició el pelo y le preguntó qué había pasado. Ella no contestó, seguía hipnotizada por ese sonriente muchacho que se había convertido en su héroe.
—¡Andreas! ¡Andreas Baroletti! ¿¡Dove sei!? Mi ucciderai, ragazzo.
Una mujer robusta, con mejillas sonrojadas, apareció de la nada. El joven lanzó una carcajada al escuchar las protestas de su nana por haberlo perdido de vista; solía refunfuñar que un día acabaría con ella. Le guiñó un ojo a la pequeña que bizqueaba sin comprender qué le decía la señora.
—Tengo que irme, bella.
—¿Eres mi príncipe? —preguntó, asombrada al conocerlo.
Bea estaba convencidísima. ¡La había salvado! Como los príncipes de sus cuentos, que rescataban a las doncellas de los temidos dragones. En su historia, Raúl era el bicho malo; ella, por supuesto, la princesa en apuros, y el niño guapo, el príncipe. Se sintió importante. Ahora se casarían, ¿no? Y luego se tendrían que comer unas perdices y podrían ser felices para siempre.
—No, piccola, solo soy un conde. Pero si te conformas, puedes ser mi condesa. Ahora me voy, antes de que el ogro me encuentre. —Arrugó la nariz y cabeceó hacia la derecha, desde donde lo llamaban—. Adiós, cara.
Le dio un beso en la mejilla y marchó al encuentro de la malhumorada fémina. Esta lo increpó con el dedo mientras gritaba palabras ininteligibles para la niña. Andreas le sacó la lengua y echó a correr con ella a la zaga.
Bea alzó la vista y le preguntó a la señorita.
—¿Qué es una condesa, seño?
—Una persona muy importante, cariño.
—¿Algún día podré ser una?
Alicia se echó a reír.
—Todo puede ser, Bea —contestó; evitando desilusionar a la fantasiosa niña.
—Lo seré. ¿Sabes cómo, seño? —La otra negó con la cabeza—. ¡¡Me casaré con él!!


1

Bea corrió por la acera hasta que vio el cartel de Casablanca a lo lejos. Buscó el móvil en su enorme bolso y, cuando dio con él, lo accionó, para comprobar la hora. Las ocho. ¡Llegaba! Relajó el paso y comenzó a silbar distraídamente.
Pensó en las próximas semanas y volvió a sentir un estremecimiento. ¡Odiaba a los hombres! ¡¡A todos!! Y no, no le habían partido el corazón, su delito era mucho peor, ¡se habían ensañado con ella de la forma más cruel! Como ese capítulo donde el doctor Spencer Reid, de Mentes criminales, era secuestrado por un sudes (lo que viene siendo un psicópata, vamos, que en la serie les gustaba complicar la jerga) y torturado. Sí, algo así. Le habían arrebatado su bien más querido: sus mejores amigas.
¿Con quién saldría de fiesta? ¿Con quién se emborracharía? ¿Con quién criticaría al resto del mundo? Se sentía desgraciada, y la culpa la tenían ellos; esos dioses terrenales que decidieron amargarle su plácida existencia. ¿Por qué a ella? Miles de mujeres habitaban en este planeta. ¿No podrían haberse fijado en otras? Eran tan felices juntas…
Primero fue Sara. Su querida amiga, convertida en una abogada de éxito, había perdido la cabeza por el buenorro de su compañero, con quien se disputó durante meses el puesto de socio administrativo del bufete Rico & Vallejo Abogados, donde ambas trabajaban. Bea, en aquel entonces, era su secretaria, pues tras sacarse la carrera de Derecho (estudios que su padre le forzó a aceptar) pasó de estudiar más y aceptó el puesto que le ofreció Sara, aunque secretamente se dedicó a su pasión: el diseño. Al final, su gran sueño se hizo realidad y ahora tenía una tienda online y muy pronto abriría una física en el centro de Valencia. Pero esa era otra historia. Lo importante era que la traicionera de Sara se había enamorado locamente y la había abandonado por ese monumento de hombre llamado Nicolás Rico, con quien tenía una hija, la pequeña Sofía. Y a la que, por supuesto, adoraba. En el fondo, envidiaba a Sara, pero envidia de la sana, no la ponzoñosa. Le gustaba la familia que había formado y, lo más importante, por primera vez desde que su padre murió, la sintió verdaderamente feliz. Solo por eso, el seductor Rico se hizo un hueco en su corazón y le perdonó el taimado hurto.
Además, todavía estaba Ruth, la hermana de Sara y su otra mejor amiga. Con ella, las cosas volverían a su cauce, o eso creía, porque la publicista también hizo de las suyas y acabó enamorada. ¿Tan difícil era controlarse? Ni siquiera supondría un problema si no fuese porque a todas les daba por casarse. Y entonces, bye bye, Bea, fiesta y juventud. En esta ocasión, el culpable era Dan, o mejor dicho, Daniel Argüelles, que se hizo pasar por un ayudante homosexual para espiar a la joven y descubrir si estaban robándole las ideas a su padre, dueño de la agencia de la competencia. Parecía una historia enrevesada, y así fue. Pero, como en Mi gorda bella, su telenovela favorita, el amor acabó triunfando pese a todo. Y hela aquí. Camino al videoclub para refugiarse en el sofá, bajo la manta, un puto sábado de octubre. ¿Quién no salía un sábado de octubre? Pues alguien como ella, compuesta y sin amigas solteras.
Entró por la puerta y fue directa a la sección de comedia romántica. Observó varios títulos hasta que dio con Guerra de novias, ideal para esa noche, quizá hasta le diese alguna idea para evitar que Ruth se casase con Dani en dos semanas… Rio de su ocurrencia. Esa noche se sentía moñas, necesitaría otro refuerzo, no se lo pensó. Necesitaba ver a Hugh Jackman. Cogió Australia. Y antes de darse media vuelta, seleccionó también Planes de boda, las de la López eran una apuesta segura.
¿A quién quería engañar? En el fondo deseaba que el pesado de Dan y Ruth fuesen felices. Era una sentimental. Decidió llevarse, además, Posdata: Te quiero, por si las moscas. Podría alargar la sesión hasta el domingo.
Complacida con la elección, dio media vuelta, directa al mostrador. Avanzó un paso en el mismo instante en el que apareció ÉL, su pesadilla particular. Se lanzó al suelo, tirando los DVD, y gateó hasta lo que parecía un cuarto privado. No miró atrás ni un segundo. Se escondió y cerró los ojos suplicando al cielo que no la viese.
Y allí, encorvada, con el rostro cubierto por las manos y temblando, recordó su primer encuentro; nueve meses atrás…
Bea esperaba la llegada de Ruth, iban a almorzar juntas. Tardaba demasiado, cosa inusual en ella, pues aunque se diferenciaba muchísimo de Sara, si algo habían heredado todas las Maldonado, era la puntualidad. Volvió a mandar otro WhatsApp. Al segundo recibió contestación:

Estoy bajando, que la Hiena me ha retenido al teléfono. Dame cinco minutos.

Guardó el móvil, detestando a la explotadora jefa de su amiga, a la que todas apodaban la Hiena. Esperó pacientemente hasta que la vio aparecer y fue a su encuentro. De pronto, como salido de la nada, un tipejo se interpuso en su camino. Acongojada por la intrusión, chilló y dio un paso atrás, pidiendo auxilio con la mirada.
El desconocido se acercó aún más, con ojos de cuervo, y de un salto se arrodilló. Le arrebató la mano y, acto seguido, se puso a cacarear. Bea sintió que se ahogaba mientras lo escuchaba recitar a Garcilaso de la Vega:
—En tanto que de rosa y de azucena / se muestra la color en vuestro gesto, / y que vuestro mirar ardiente, honesto, / con clara luz la tempestad serena; / y en tanto que el cabello, que en la vena / del oro se escogió, con vuelo presto / por el hermoso cuello blanco, enhiesto, / el viento mueve, esparce y desordena.
—¿¡Quién coño es este? —gritó asustada a quien pudiese oírla—. ¡Socorrooo! Que alguien nos ayude, por favor. Este tío se ha escapado del manicomio y va a por mí. ¡¡Policía!! —Miró hacia todos los lados, pero la gente no la ayudó, solo reían al ver el bochornoso espectáculo. Ella también lo habría hecho de no ser porque era la víctima. Tras el idiota vio a un Daniel muy divertido y supo que, de alguna forma, él tenía la culpa.
—Coged de vuestra alegre primavera / el dulce fruto antes de que el tiempo airado / cubra de nieve la hermosa cumbre. / Marchitará la rosa el viento helado, / todo lo mudará la edad ligera / por no hacer mudanza en su costumbre.
Bea soltó un gemido sonoro. Y empuñando el bolso, lo arreó al intruso.
—¡¡Acaba de llamarme vieja, el desgraciado!! —aulló en dirección a Daniel, que se regocijaba de su incomodidad a mandíbula batiente.
—No, mi bella Afrodita, Peter jamás osaría injuriarte de esa manera.
—¿¡Quién es Peter!? —Otro bolsazo.
—¡¡YO!! —exclamó, intentando protegerse de su ataque, el larguirucho de nariz aguileña y ojos saltones. A Bea le recordó a una anguila. La comparación le hizo tanta gracia que lo bautizó así: Peter la anguila. Comenzó a reír sin parar.
—¿Bea, estás bien? —preguntó Ruth, asustada ante su extraño comportamiento. La otra asintió con la cabeza mientras se doblaba en dos, riendo.
Daniel tomó la palabra y aclaró muchas cosas, llevándose de regalo una mirada de Bea que decía: «Te la devolveré, majete».
—Será mejor que nos marchemos. Ruth, este es mi primo, veníamos del médico cuando os hemos visto. Le he hablado de ti y quería conocerte.
—Encantada —lo saludó sonriente y muy divertida con la situación. Sobre todo, al ver la confusión de su amiga. Se rio, feliz por poder meterse con ella para variar.
—Un placer —pronunció el tal Peter, pero lo hizo contemplando a Bea de arriba abajo, se la comía con la vista. Ella se sintió como una indefensa cervatilla a punto de ser devorada por un hambriento felino. Alzó el mentón y le sostuvo la mirada con enfado. Él sonrió y finalmente depositó sus penetrantes ojos sobre Ruth, pero por poco tiempo, pronto giró hacia Bea y volvió a intimidarla con su escrutinio. Ella se movió inquieta. Y él lanzó una carcajada mientras murmuraba algo que seguramente era guarrón por los caretos que ponía y el deseo con el que la miraba. ¡Qué pedazo de plasma! Todos los raritos se le pegaban. Arrugó la nariz y se cruzó de brazos. Él sonrió perversamente y guiñó un ojo. Luego, suspiró y se concentró en su amiga, dedicándole una tierna sonrisa.

—Por lo visto, mi primo no exageraba, eres toda una belleza. —La publicista se sonrojó. Bea resopló. Él le guiñó un ojo haciéndole saber que, aun así, era su preferida y luego lanzó un angustioso lamento que provocó la risa de Daniel—. Sí, hoy ha caído un mito entre los Argüelles.
—¿Cómo?
—¡Será mejor que nos vayamos ya! —Su primo lo apartó de las dos mujeres— pero él se libró de su agarre, acercándose a Bea. La fémina que lo había cautivado.
—Mi dulce amor, rezaré para que llegue el día en que nuestros caminos se crucen de nuevo, será entonces cuando te robaré el corazón. Ahora te dejo el mío, guárdalo con tesón —susurró, apasionado, ante ella. Bea contrajo la cara en una mueca de repelús. Achicó los ojos y por respuesta alzó el dedo corazón en un gesto que dejaba bien clara su postura.
—Yo, sin embargo, rezaré para no tener la mala suerte de volver a verte.
—Oh, claro que sí. Peter ha hallado su destino y no lo dejará escapar tan fácilmente… —señaló el propio Peter.
—Dile a Peter que por mí puede irse a tomar por culo.
—¡Qué carácter! —Sonrió—. Me encanta.
—Ajjj.
Totalmente rabiosa, cogió de la mano a Ruth y se alejaron, pero antes de perderlo de vista, escuchó su promesa:
—Algún día serás mía…
Y ahí empezó su desgracia. Sueños de todo tipo con él. El maldito flacucho pomposo la tenía obsesionada. Y para colmo, pareciera que el destino se empeñaba en unirlos una y otra vez.
En la lavandería. Bea estaba metiendo su ropa cuando lo vio aparecer y acabó ella misma dentro. Lo peor de todo fue que un mocoso decidió jugar con los putos botoncitos y terminó más limpia que su coche en el túnel de autolavado. El otro ni se percató de su presencia, por lo visto había ido a preguntar algo y marchó rápidamente.
En el supermercado. Menudo susto se llevó la señora cuando fue a coger el carrito de su bebé y se vio a Bea sentada en él, con su niño encima. Ni qué decir que la sacaron los de seguridad, por poco hasta llaman a la policía, la muy loca decía que le quería robar a su hijo.
En su restaurante favorito. Tuvo que esconderse bajo la mesa, y todo habría ido bien si no fuese porque un tío pensó que estaba libre y se sentó. Cuando llegó la novia y pilló a Bea… En fin, que se lio bastante parda.
Y ahora aquí, en su preciado Casablanca, su templo secreto. ¿La estaría persiguiendo?
Escuchó pasos y contuvo un gemido. La cortina se meció y comenzó a abrirse. Bea se estremeció y se golpeó la espalda con la estantería de atrás. Algunas cintas cayeron sobre ella, pero ni se inmutó. No hasta que vio como la dependienta entraba.
—¿¡Qué está haciendo aquí!? —Fijó la vista en el suelo y abrió los ojos—. ¿Se… se llevará todas?
Bea, incapaz de concentrarse, asintió. La otra carraspeó y se alejó. Ella recogió sus films, corrió a la entrada y espió, comprobó que no había nadie y salió directa a pagar. Puso las cuatro películas sobre la mesa y extendió un billete de veinte euros. Recogió la bolsa y el cambio, y se dirigió al exterior, concentrada en evitar el indeseado encuentro con Peter, alias la Anguila.
Una vez que llegó a casa, se deshizo de las deportivas, el sujetador, los vaqueros y la sudadera. Armada con el traje de batalla: su pijama de Frozen, encendió el DVD y seleccionó al azar uno de los films. Lo puso y le dio play mientras recogía del armario su bolsa de Ruffles sabor a jamón. Se sentó, y casi se atraganta con una papa al ver la imagen. Corrió a por la carátula y revisó la bolsa; gimió ruidosamente. 
Ahora entendía por qué la dependienta la había observado como si le hubiesen salido cuernos. Joder, ¡¡se había llevado cuatro pelis porno!!


2

Bea se hallaba en los brazos del lair MacBain. Le sonrió, y los ojos de él se plagaron de ternura, rio de su chanza y aleteó las pestañas, ruborizada con su imponente presencia. Ese hombre era puro músculo. Toqueteó su pecho desnudo y gimió de placer al notar su fuerza. Alzó los brazos y le acarició la nuca mientras musitaba su nombre.
—Gabriel…
Cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, cayendo rendida ante su embrujo.
—Tómame, mi amor.
El poderoso highlander dio un alarido y la apretó junto a su evidente deseo. Primero, besó su boca, devorándola, luego jugueteó con sus pezones haciéndola temblar de gozo. Y poco a poco se deslizó hacia abajo, torturándola con su lengua traviesa. Bea babeó, literalmente. Sintió su aliento sobre la ingle y se preparó para el glorioso momento.
De pronto, un estridente sonido se mezcló con la imagen y poco a poco fue volviéndose difusa. Ella chilló e intentó retener a su valiente guerrero, pero fue inútil, se convirtió en una mancha borrosa. Un rayo de luz la iluminó y, conteniendo un grito, despertó.
—¿Qué coño…? —Desorientada, abrió los ojos y dejó caer el rostro hacia la izquierda, empapándose con algo mojado. Se apartó de un brinco al notar que eso viscoso era su propia saliva. ¡Qué asco!
Furiosa, giró el rostro y vio al culpable de su frustración sexual. ¡Su teléfono móvil! Apartó las sábanas de un manotazo, y Lady Johanna, el libro con el que se quedó dormida la noche anterior, cayó al suelo. Se levantó y fue hacia su escritorio, dispuesta a hacer trizas el dispositivo. Al tomarlo y descubrir la hora, maldijo entre dientes. ¡Las nueve! ¿Quién coño llamaba a esas horas? Leyó el nombre en la pantalla y resopló. Ella, ella lo hacía. Descolgó de mala leche.
—Espero que tengas una buena razón para haberme privado de un orgasmo con Gabriel. De lo contrario, morirás entre terribles sufrimientos.
—¿Otra vez soñando guarronamente?
—Querida Ruth, ¿sabes que a veces eres peor que mi almorrana? ¿¡Pero tú has visto qué hora es!? ¡¡Un domingo!! ¿Desde cuándo te despiertas a estas horas en fin de semana?
—Pues, tía, desde que decidí darle una patada a la Hiena, montarme la agencia por mi cuenta y casarme con Dani. Te recuerdo que quedan menos de dos semanas y estoy histérica. ¡Hay tanto por organizar!
—¿Y tienes que hacerlo ahora?
Ruth rio al escuchar su tono.
—No te enfades, que tengo una sorpresa. Día de chicas; Andrea, Sara, tú y yo. ¿Qué me dices?
—Tendría que contestarte que no. Por mala bicha.
—¿¡Todavía me guardas rencor!? Oh, vamos. No seas así, ¿seguro que hasta tú sentiste compasión?
—¿¡Compasión!? Corrígeme si me equivoco, pero el término «despedida de soltera», ¿no sugiere eso mismo? Fiestón sin tíos. Y tú vas y te lo traes.
—Es que se quedaron sin plan…
—Pues que se jodan.
—¡¡Bea!!
—De Bea nada. Y te hablo porque la lapa de su primo se puso enfermo, si llega a venir Peter… ¡Te descuartizo!
Ruth emitió una risita.
—Vale, me rindo. ¿Qué quieres a cambio?
—La flor.
—No, Bea. Por favor, te lo suplico. Cualquier cosa menos eso…
—Esa es mi oferta, ¿la tomas o la dejas?
—Muy bien. Firmaré la pipa de la paz. Pero con una condición.
Bea se masajeó el puente de la nariz y caviló sobre su propuesta.
—Dispara.
—Yo elijo el color y la forma.
—¡De eso nada!
—De eso sí. Es mi boda y si tengo que llevar un floripondio en el pelo, al menos será como a mí me guste si eso es posible, ya que me parece una cursilada.
—Mejor que la diadema que te querías plantar. Ni que fueses Sissi Emperatriz, hija.
—No me hables del tema, que aún me pongo furiosa. ¡La rompiste!
—Incorrecto. Se cayó y, casualmente, mi pie la encontró y la pisó.
Ruth lanzó una carcajada.
—Qué zorra eres. Bueno, ¿vienes a comer o no?
—Pues claro, ¿cuándo he rechazado yo una girls party?
—¡Genial! Nos vemos a las doce en casa de mi hermana, trae ropa cómoda.
—¿Y eso?
—Tenemos sesión de cine y palomitas a cargo de Andrea.
—Uff. Creo que al final sí tendré ese orgasmo. ¿Has dicho tarde de pelis? ¿Como antes o de esas de pongo una y me piro porque tengo mil cosas que hacer y doy mucho asquito?
—De las de me quedo hasta la noche porque si no la tocapelotas de mi amiga Bea me mata.
Bea rio.
Ale, te dejo, que tengo trescientas cosas por hacer antes de la quedada. Nos vemos luego. Besetes.
—Adiós, nena.
Se despidió y dejó el móvil sobre la mesita. Regresó a la cama y se lanzó sobre el colchón; sonrió dando la bienvenida a su Gabriel. ¿A dónde la llevaría ahora?
Serían las doce en punto cuando llegó a casa de Sara. Con una coleta medio deshecha y luciendo su chándal más desgastado. Tocó insistentemente hasta que escuchó cómo alguien se acercaba a abrir.
Andrea, la cuñada de Sara y última integrante del grupo, le dio paso. Ella silbó al verla.
—Joder, tía. ¿Qué entiendes tú por ir cómoda?
—¿Qué pasa? —preguntó la esbelta rubia, extrañada—. Llevo vaqueros y camisa, voy cómoda.
—No. Ir cómoda es plantarte un chándal rastrero, no pintarte ni peinarte. Mírame, ni siquiera me he puesto sujetador. Las pechugas me iban dando tumbos mientras subía por las escaleras.
—¿¡No has cogido el ascensor!? ¿Estás haciendo deporte? —bromeó Andrea.
—Claro que no. Está estropeado, otra vez —gruñó.
—Venga, pasa.
Andrea se apartó y Bea se introdujo en el interior. Caminó hasta el salón y vio a Ruth sentada en el sofá, descalza y con otro chándal. Rio al verla y le guiñó un ojo, cabeceando hacia Andrea; la joven se encogió de hombros sonriendo. Ruth era de las suyas.
Sara apareció por la puerta llevando una bandeja que estaba a rebosar de bebida y picoteo. Como su cuñada, el concepto cómoda significaba blusa y vaqueros ceñidos. La puso en la mesita de cristal que se situaba frente al televisor y luego dejó uno de los platos en el suelo. Bea iba a preguntarle por qué lo hacía cuando vio algo negro moverse.
—¿Has traído a Tony? —interrogó a Ruth.
El perro se giró hacia ella y ladró. Bea dio un paso y lo acarició, él le devolvió el saludo con un lametazo en el brazo.
—¡Claro! A él le encantan estas sesiones.
—Pues yo apostaría a que esto es obra de Dani, amiga.
—Ganarías —le contestó Sara con ojos risueños—. Daniel la ha amenazado con irse de casa si lo dejaba a solas con él.
—¡Qué malvado! —pronuncio Bea entre risas. «Pobre Dani», pensó. Tony era un can extremadamente mimado y especial. Tanto, que comía chuletones, bebía agua en biberón y dormía en pijama. Y hasta tenía una entrenadora personal. Su dueña, a pesar de que debía ajustar sus presupuestos al máximo de cara a la boda, se había negado en redondo a desprenderse de su querida Frederike Danka.
—En el fondo, lo adora.
—Sí, fondo, fondo —intervino Andrea entre carcajadas—. Por cierto, he traído varias pelis. ¿Cuál queréis ver primero? —Las sacó de la bolsa que había encima del mueble de la televisión y se las pasó.
—Que elija Bea —propuso Sara.
—¿Y eso por qué?
—Bueno, ayer me comentaste que ibas a alquilar varias comedias. ¿O es que ya no te acuerdas? Te recuerdo que me diste la vara como media hora con lo mala amiga que era por no salir contigo de fiesta ni ir a tu casa a verlas. Echa un vistazo a lo que ha traído Andrea, no sea que las hayas visto.
—Ah, no, tranquila.
—¿Y eso? ¿Al final no cogiste ninguna?
—Bueno… Sí y no.
—Uy. —Ruth se sirvió un vaso de Coca-Cola—. Eso huele a que tienes algo que contar.
—Qué va. —Bea hizo un gesto con la mano para restar importancia al asunto.
—Vale, ahora me has convencido. ¡Cuenta!
—Que no pasó nada.
—Bea.
—¡Joder! Está bien. Llegué al videoclub tarde y estaba cerrado. Ya está.
—¿Sabes que cuando mientes te muerdes el labio? —apuntó Sara, tomando asiento al lado de Ruth. Tony dio un brinco y se tumbó encima de ella.
—Mira que sois perras, eh.
—Algo me dice que esto va a ser bueno. —Rio Andrea. Bea le sacó la lengua.
—Me encontré con Peter.
—¿¡Otra vez!?
—Ay, Bea, que esto ya no es casualidad —dijo Sara.
—¿Tú también piensas que me acosa, verdad?
—No, mujer. Ese pobre chico está loco por ti. Y yo diría que es el destino el que se empeña en ponerlo en tu camino.
—Tú no crees en el destino, Sara.
—Pero tú sí.
—¿Sabes que no para de hablar de ti? Cada vez que viene a casa a comer o cenar acaba mencionándote y se apena porque no te ha vuelto a ver —le contó Ruth—. ¡Qué lástima! Me toca morderme la lengua para no confesarle que en realidad sí os habéis encontrado, pero que tú te las has ingeniado para evitarlo a toda costa.
—Dile algo y te corto la lengua.
La otra rio.
—Bueno, ¿y qué pasó?
—Me escondí en una especie de cuarto. Esperé a que se fuese y pagué mis cuatro películas. La dependienta me miraba extrañada y no entendí por qué hasta que llegué a casa y puse uno de los DVD. ¡¡Eran porno!! Y todo por culpa de ese idiota.
Ruth se carcajeó, Andrea se tapó la boca con la mano y Sara rio, sobresaltando a Tony.
—Lo que no te pase a ti… —comentó Sara.
—¿Y las viste? —Se interesó Ruth.
—Claro que no. Hice algo mejor.
—¿Qué? —preguntó Andrea.
—Leí.
—Vaya —protestó Ruth—. Me imaginé otra cosa.
—Es que tienes una mente muy calenturienta.
—Como la tuya, amiga. ¿Y dónde están?
—Las he traído.
—¡No las vamos a poner!
—Qué mojigata eres, Sara. Tranquila, las traje para devolverlas. Me pasaré por Casablanca antes de ir a casa. Venga, Andrea, pon una ya.
—Creo que te gustará la que tengo en mente. —Se acercó a la bolsa y la sacó. Bea leyó Un paseo para recordar y dio palmas.
Todas se tumbaron, se llenaron boles de palomitas y arrancó el día de cine. Solo pararon para hacer unos sándwiches y comer. Después siguieron con la maratón romántica.
Serían las doce cuando con Meryl Streep y su estelar Mamma Mia! dieron por finalizada la sesión. Andrea y Ruth estaban medio dormidas e informaron a la anfitriona que se quedaban a dormir. Bea les dijo que tenía mucho trabajo acumulado y mejor se iba. Se despidió y, antes de desaparecer, abrió la bolsa de las películas y, asegurándose de que nadie la veía, metió las que ella portaba. Con una sonrisita, escapó de la casa. Andrea la mataría al día siguiente.
El bolsillo comenzó a vibrarle y sacó el móvil. En la pantalla leyó: «Madre Superiora». Puso los ojos en blanco y descolgó.
—¿Nenita? —la llamó su madre con su habitual apelativo. Bea se mordió el labio, traviesa.
—¡Hola! —puso la voz en falsete—. Hablas con el contestador de Bea Martínez, si deseas ponerte en contacto con ella, llama más tarde, o mira, mejor mañana, o pasado o al otro…
—Déjate de idioteces, Bea. Que es importante.
—¿Qué pasa?
—Te necesito. Ha ocurrido algo muy grave.
—Oh, Dios mío. ¿Papá está bien? ¡No me digas que le ha dado un chungo, que me da a mí otro!
—Claro que no. Es peor que eso.
—¿Peor que a papá le dé un telele?
—¡Me he quedado sin chófer para mañana! Y tengo la excursión de las amas de casa, vamos al Prado, llevamos meses planeando el viaje a Madrid. ¡Es un desastre! Encima, esta vez, yo hacía de guía. ¡Qué calamidad, hija!
—Sí, ya veo —ironizó.
—Tu tía Edelfina se ha caído por las escaleras y se ha torcido el tobillo, ya podría haberse tropezado mañana, digo yo. Para una cosa que le pido… Siempre igual. Ah, pero que venga a pedirme favores, que se los va a hacer quien yo te diga.
—Bueno mamá, no creo que la mujer haya decidido caerse solo para joderte. —Rio Bea.
—Pues te ha tocado. Me tienes que acercar al autobús.
—Está bien. —Bea se dijo que haría lo que fuese con tal de perderla de vista un día.
—Te espero en el portal a las cuatro y media.
—¿De la tarde?
—¡Qué cosas tienes! Pues claro que no. ¡De la mañana!
—¿¡¡¡Quéeee!!!?

 Bea despertó gruñendo a todo cuanto se paseaba por su mente. Primero, al despertador, luego a su madre, a sus amigas, a Madrid, al Prado e incluso hasta al Imserso. ¿Quién hacía un viaje a las cinco de la mañana? Los lunes ya eran malos de por sí, no necesitaban más alicientes para serlo. Sollozó al comprobar la hora en su teléfono móvil: las cuatro y media. A tientas recogió sus cosas e hizo oídos sordos a las insistentes llamadas de su progenitora. Estaría echando fuego por la boca. Cogió la chaqueta y ni siquiera se molestó en quitarse el pijama. Total, pensaba regresar a su atrayente y cómoda cama en media hora. La recogería, la dejaría y arrancaría a toda hostia hasta su precioso hogar. Se relamió de anticipación.
Cogió el primer bolso que encontró y volcó sobre él las llaves y el monedero. Bajó casi sonámbula al coche y arrancó. Al llegar, observó a su madre en la puerta del patio, cruzada de brazos y taconeando con el pie derecho. Su cara hablaba por sí sola.
—¡¡Llegas tarde!!
—Son las cinco menos cuarto. Tienes tiempo de sobra.
—Como se vayan sin mí, no te lo perdonaré jamás —afirmó iracunda.
—No te quejes, que bastante que he venido. ¿No te podían recoger?
—Pues no.
—¿Y un taxi?
Su madre ahogó un gemido y la miró ofendidísima.
—No te preocupes, que a la próxima no te molestaré. Ni a ti ni a nadie.
Bea suspiró. Ya empezaba…
—Para un favor que te pido.
—Bueno, realmente no es solo uno porque también querías que te hiciese ese horrendo gorrito rosa que llevas y el…
—Pero claro —siguió Encarna, mirando por la ventana—, para tu madre nunca tienes tiempo. La próxima vez te pediré cita, no sé, quizá algún día de estos me otorgues el privilegio de comer contigo.
—Comemos juntas todos los días.
—¿Qué he hecho mal, Señor, en esta vida?
—Mamá, no son horas para…
—Soy una vieja que no le importa a nadie, que está sola y… ¡Tuerce a la izquierda! Bea, por Dios, ni que nunca me hubieses traído a la asociación.
Refunfuñando, Bea se dirigió a la dirección que su madre le indicó y, cuando se acercó, se situó tras una furgoneta que supuso que sería la que haría de autobús. La acera estaba llena de señoras ataviadas con gorritos, gafas, bolsos y mochilas. Formaban un círculo, y en el centro estaba Ramona, la líder de las amas de casa.
—Mira, ahí están las chicas.
Las chicas eran unas siete carcas, vestidas con colores apagados, que se habían reunido en torno a la cabecilla, una mujer grandullona que le recordaba mucho a Frederike Danka, la entrenadora alemana de Ruth, bueno, más bien del perro. A su amiga, lo de ese chucho se le iba de las manos.
—Oh, no. Algo pasa.
—¿Y eso cómo lo sabes?
—Ramona se muerde el labio.
—¿¡Y con eso ya adivinas que le pasa algo!? —preguntó perpleja.
Su madre abrió la puerta del vehículo y salió disparada a reunirse con el grupo. Bea se miró las uñas y aguardó unos minutos a que su progenitora regresase a por la maleta. En vista de que no tornaba, intentó hacerle señas, que la otra ignoró deliberadamente. Bea resopló. Observó que todas las mujeres parecían alteradas, y finalmente la curiosidad pudo más. Salió del coche y se aproximó a paso lento, dispuesta a cotillear.
Escuchó por encima el relato de Ramona. Al parecer, un pariente suyo, que era el encargado de trasladarlas a Madrid, había enfermado. Bea supuso que el viaje se cancelaba, y de ahí que todas pareciesen decepcionadas. ¡Genial! Madrugón gratuito para nada.
Se puso al lado de su madre y tiró de ella para llevársela, cuanto antes se marchasen, antes dormiría.
—Bea. Estate quieta —la riñó, liberándose de su agarre.
—Vámonos ya, mamá. Está claro que no hay excursión. —Su madre la miró de reojo y gimió sonoramente.
—¡Menudas fachas! ¿Qué haces en pijama? Qué vergüenza, Bea.
—Se suponía que solo era dejarte, no me iba a arreglar si en nada iba a estar en la cama —se defendió.
—No tienes remedio. Y shh —la interrumpió antes de que volviese a pronunciar palabra—. Que no me entero de lo que explica Ramona.
Bea prestó atención a la señora.
—El vehículo lo tenemos —decía Ramona—. Si pudiésemos conseguir a alguien que nos lleve, no tendríamos por qué cancelarlo.
—Pero ¿dónde encontraremos a alguien que esté despierto a esta hora y dispuesto a conducir más de tres horas?
Bea lanzó una carcajada.
—Lo tenéis crudo, sí, señor. Vale, mamá. Nos vamos.
Todas se giraron hacia ella, y luego se miraron entre sí. Se hizo el silencio. Bea, sorprendida, alzó una ceja.
—¿Qué pasa?
Su madre le sonrió de forma exagerada. Bea intuyó que se avecinaban problemas.
—Nenita, tú podrías…
—¡Ni de coña! —La cortó la joven, adivinando sus intenciones. ¡Ni muerta se prestaría a llevarlas! Primero, porque solo de pensarlo le salían eczemas en los brazos, y segundo… Bueno, con el primero sobraba.
—Por favor, cariño —suplicó zalamera. Bea siguió negando con la cabeza. Su madre tomó cartas en el asunto y bufó por la nariz, ensanchando los orificios al estilo de un toro cuando va a atacar—. ¿Serías capaz de dejar a tu pobre madre sin excursión?
—¿Y qué culpa tengo yo? Eso díselo al tal Paco, que ha decidido ponerse malo.
—¡¡Bea!!
—¡Me niego! Y no habrá forma humana de que me convenzáis. 



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